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Cuando terminamos dos marineros jóvenes, muy morenos por el continuo sol al que estaban expuestos me acompañaron y me invitaron a una cerveza en una marisquería del paseo. Eran chavales de 19 y 20 años del pueblo, sin muchas ganas de estudiar que habían terminado enrolados porque tampoco había mucho trabajo donde escoger, y a pesar de la dureza de la pesca, estaba bien pagado.