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Después de unos tragos por los locales de la zona convencí a Luis para ir a bailar un rato a una de las discotecas más cercanas. Protestó un poco pero no le quedó más remedio. Hacía tiempo que no bailaba y cuando escuché la música me faltaron piernas, comencé a bailar sin parar. Él se quedó en la barra estudiando detenidamente a la camarera y a su copa. La música me daba igual, mi cuerpo me pedía movimiento y no paré no sé en cuanto tiempo.