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El miedo y el dolor se apoderaban de mi. Mi marido continuaba observando la escena aturdido y sorprendido por mi actitud, e imagino también que por el monumental pene que me estaba sodomizando. Las caderas de Juan comenzaron a moverse acentuando la presión y llenando lenta pero inexorablemente mi culo con su aparato. El dolor se hacía insoportable.