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Volví a mirar una y otra vez las fotos de Isabel desnuda, que preciosidad tenía delante, su melena rizada su eterna sonrisa en su cara, su cinturita de avispa, su vientre plano, sus enormes tetas con sus pezones morenos que, ahora con más detalle, pude observar que estaban erectos en las primeras fotos, por el frío del agua supuse. Y ese culo que me tenía enamorado, en su justa medida, redondito, era la perfección hecha carne.